
Posteriores incursiones -ahora con algunos miembros de la Sociedad de Analistas Junguianos que se empeñaban en invitarme a sus cineforos para que yo siempre terminará hablando mal de las películas que seleccionaban- comenzaron a aclararme un poco más el panorama. A mí Las Invasiones Bárbaras de Denis Arcand me parecía una buena película, sí, pero también poco dramatizada, expositiva, intelectualizada, y hasta un poco presuntuosa, propia de intelectuales franceses, en pocas palabras. Para el público especializado, que veía arquetipos por todas partes, lo no dicho y lo no dramatizado, constituitía, por el contrario, un preciado vacío en el que sus interpretaciones encontraban alojamiento. Y lo dicho explicitamente, en grandes parrafadas, parecía aún más apetecible, porque entonces la teoría, la interpretación y la corroboración se amalgamaban: era como si la teoría se comprobara en el reino feliz de los personajes. De nuevo, poco importa quién tenía la razón, lo que me interesaba es que cada vez más se me iban aclarando las cosas.
Un día, invitado por la Nueva Escuela Lacaniana, intenté explicar qué era eso de la psiquis de un personaje, y aunque el público acogió con bastante respeto mi disertación según la cual la psiquis de un personaje es una construcción puramente textual (o que, dicho más crudamente, no existe tal cosa como el complejo de Edipo de un personaje, en otro post haré el resumen de la ponencia), el entusiasmo que brillaba en los ojos de alguno de los presentes en el momento de describir el inconsciente de un personaje extraído de mis ejemplos, terminó de darme la clave. Y con eso termino: no, a los analistas no le gustan los personajes, les gustan los casos clínicos, cómo no se me había ocurrido antes. Por eso es que a muchos de ellos prefieren la anamnésis al drama, las pistas caracterológicas a la acción significativa: esa ausencia les alimenta el afán interpretativo y los hace felices. Y eso está bien, porque ellos también tienen el derecho que tenemos todos a vivir en paz con nuestros fantasmas.

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